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sábado, 19 de febrero de 2011

Entre dos grandes hombres

Tan sólo habíamos escapado de la caballería árabe el Conde Raimundo, mi señor Balian de Íbelin, y unos pocos más en la pesadilla sangrienta de Hattin.

Las crueles acciones realizadas en nombre de un fervor religioso inexistente, sólo lo hacían por hambre y codicia de gloria y riquezas, y las lenguas viperinas de Reinaldo de Châtillón, el Rey Guido de Lusignan y el Gran Maestre templario Gerardo de Ridefort, habían conducido al mayor ejército cruzado que se había reunido hasta la fecha en el sagrado Reino de Jerusalén a una trágica derrota a manos del gran líder musulmán Saladino. Una derrota que se empezó a fraguar cuando nuestro insensato rey, movido por el deseo de divinizarse como el que derrotó al gran campeón de la Yihad, condujo a nuestro ejército lejos del agua que nos mantendría cuerdos ante la locura de la sed.

Azul celeste

Allí estaba sentado en la sala de espera. La noche anterior había pedido comida a un restaurante chino y el rollito de primavera, supongo, estaba podrido. O quizá fuese el pato pekinés. O quizá fue la botella de whisky que me bebí luego leyendo el periódico. Me gustaba beber cuando leía el periódico porque el alcohol daba rienda suelta a mi imaginación, y así vivía realmente las noticias de las que el diario me informaba. A las chicas que quería enseñarles el color de mis calzoncillos les decía que era para soportar mejor las tristezas y penurias del mundo. El resultado había sido una horrible indigestión de madrugada. Así que había decidido hacer una visita a mi médico de cabecera.

El lugar estaba como siempre, atestado de viejos. Estoy seguro de que a la mayoría no les duele nada. Están allí tranquilamente charlando unos con otros sobre el gran puesto de trabajo de sus hijos, sobre la última partida de cartas o sobre el tiempo. Se ve que todos son unos expertos en meteorología y situaciones climáticas. Para mi lo único que van a hacer es contarle al médico sus problemas y regalarle cajas de bombones para que les consiga gratis unos cuantos pañales. Además de ralentizar enormemente el funcionamiento del resto de seres humanos que los rodean. 

Zumo de coca

Era una estación pequeña, de periferia, de esas sin vigilante. Tenía una pequeña caseta de venta de billetes, algunos bancos albergando un puñado de viajeros, un gran reloj de agujas informando de la hora y un tren que pasaba cada tres o cuatro horas, transportando pasajeros que ni siquiera atendían a esta pequeña partícula de la red ferroviaria, atolondrados y distraídos, enfocando sus pensamientos en la cercana urbe.

Acababa de perder mi último trabajo en una fábrica de conservas. En realidad lo iba a dejar en pocos días, no me gustaba trabajar más de dos semanas la misma tarea, me aburría y perdía el interés. Junto con la fábrica había dejado la pequeña pensión con olor a alcanfor que había junto a ella. Me disponía a coger el próximo tren para seguir con mi plan de existencia, o supervivencia. 

Rutina

Los cristales se rompieron tras un fuerte estruendo. El olor a pólvora inundó el bar como si de una plaga se tratase. El cadáver yacía en la calle ensangrentado mientras sus verdugos se alejaban tranquilamente por el bulevar. Con unos cánticos ahogados y fanáticos los monjes se acercaron y retiraron el cuerpo inerte.

Esta imagen era rutina en aquella ciudad, en aquel mundo. Un día te despertabas en ella y ya no podías escapar. El barrio en el que vivía era de los mejores, uno o dos tiroteos diarios. Otros eran auténticos polvorines. Llevaba allí trece, o quizás catorce años, catorce años sirviendo cervezas y viendo a los mismos tipos día tras día.

La cueva

La linterna se apagó. La batería se había acabado. Llevaba días perdido en esa cueva, y estaba abatido. Las provisiones se habían acabado hace tiempo y ahora también había perdido la luz, su única orientación, su última esperanza para poder salir de allí.


Se sentó en la húmeda gruta y se puso a pensar, lo único que podía hacer ya. Las lágrimas resbalaban por su rostro magullado por el dolor. No sabía porque estaba en aquella situación, como había llegado hasta allí. No sabía la razón ni el motivo, pero sabía que era el final.