Tan sólo habíamos escapado de la caballería árabe el Conde Raimundo, mi señor Balian de Íbelin, y unos pocos más en la pesadilla sangrienta de Hattin.
Las crueles acciones realizadas en nombre de un fervor religioso inexistente, sólo lo hacían por hambre y codicia de gloria y riquezas, y las lenguas viperinas de Reinaldo de Châtillón, el Rey Guido de Lusignan y el Gran Maestre templario Gerardo de Ridefort, habían conducido al mayor ejército cruzado que se había reunido hasta la fecha en el sagrado Reino de Jerusalén a una trágica derrota a manos del gran líder musulmán Saladino. Una derrota que se empezó a fraguar cuando nuestro insensato rey, movido por el deseo de divinizarse como el que derrotó al gran campeón de la Yihad, condujo a nuestro ejército lejos del agua que nos mantendría cuerdos ante la locura de la sed.
Las crueles acciones realizadas en nombre de un fervor religioso inexistente, sólo lo hacían por hambre y codicia de gloria y riquezas, y las lenguas viperinas de Reinaldo de Châtillón, el Rey Guido de Lusignan y el Gran Maestre templario Gerardo de Ridefort, habían conducido al mayor ejército cruzado que se había reunido hasta la fecha en el sagrado Reino de Jerusalén a una trágica derrota a manos del gran líder musulmán Saladino. Una derrota que se empezó a fraguar cuando nuestro insensato rey, movido por el deseo de divinizarse como el que derrotó al gran campeón de la Yihad, condujo a nuestro ejército lejos del agua que nos mantendría cuerdos ante la locura de la sed.




